martes, 15 de febrero de 2011

EL MAYOR ALEXIS
Por: Iliana Curra.

A finales del año 1994 tenía unos cincuenta años de edad. Era, lo que se dice en Cuba, un mulato. Alardeaba ser un periodista graduado de la universidad, pero lo que realmente hacía, era reprimir a los prisioneros políticos. Estaba asignado con esa misión en las cárceles de Valle Grande (para hombres) ...y en la Prisión de Mujeres de Occidente, más conocida por ”Manto Negro”.
Lo conocí en los primeros días de haber llegado a la cárcel correccional de “Manto Negro”. Me llevaron a la oficina de la jefa del lugar y allí estaba él, circunspecto y con cara de aspirante a James Bond para decirme cómo debía comportarme. Discutimos y hablamos sobre derechos humanos. Nunca reconoció que su régimen violaba los más elementales derechos de los cubanos. Nunca reconoció que reprimían al pueblo. Para él y su gente todo se reducía a que tenían que proteger la revolución. Una revolución en la que habíamos nacido muchos de los que ahora cumplíamos cárcel por oponernos. No podía entender, aunque quisiera, que su revolución no era más que una cruel tiranía que aplastaba nuestras libertades civiles.
Su comprometimiento con el régimen era tal, que ya ostentaba grados de Mayor del Ministerio del Interior. Su lista de reprimidos debe ser tan larga como su poca condición de hombre. Su labor de reprimir a mujeres tiene que haber sido su mayor éxito en un sistema que se jacta de haberlas liberado.

Alexis. Quizás ni siquiera se llama así. Los oficiales de la Seguridad del Estado casi nunca utilizan sus nombres verdaderos. Prefieren el anonimato a su verdadera identidad para evitar futura justicia en una Cuba que será libre, a pesar de ellos. Su nombre así, a secas, era el que utilizaba para presentarse ante los presos políticos y sus familiares.
La última vez que lo vi fue cuando me encontraba en una celda de castigo del correccional. De allí me sacaron y me condujeron a la oficina de la capitana que fungía como la jefa. Ella se retiró inmediatamente y por la misma puerta entró Alexis con pasos de cowboy triunfante. Su sonrisa sarcástica me auguraba una fuerte discusión, de la cual yo no saldría ganando. Pero quien me llamó la atención fue la persona que entró pisándole los talones. Era un hombre de la raza negra, tan alto que apenas cabía por la puerta. Su espalda y brazos eran típicos de un levantador de pesas. Parecía todo un deportista, pero era un agente de la Seguridad del Estado también.
Alexis se sentó frente a mí y él se quedó parado como para predominar en aquel sitio aislado donde nadie podía oírnos. Si su idea era amedrentarme, realmente no lo logró. Me molestó tanto su presencia arrogante y prepotente que mis primeras palabras fueron para él. Le dije exactamente: “¿Y este negro tan fuerte qué hace aquí? “ “Debiera estar cortando caña para su revolución que bastante falta le hace”. “Es más, debiera trabajar en la construcción para que ayude a su revolución a construir y no estar reprimiendo mujeres”. Me miraba serio y con ganas de matarme. Ni siquiera habló. Continuó en su posición de fuerza, parado y mirando con odio a alguien que apenas pesaba unas 100 libras como yo.
Alexis, cínico al fin, se reía en tono de burla. No entendí nunca por qué hicieron esa prueba de fuerza, o si era parte de un show para atemorizarme. La verdad es que me molestó mucho su presencia intimidatoria y no me quedé callada.
Alexis y yo discutimos fuertemente. Le dije todo lo que quise, y él me ripostaba con su retórica marxista, jactándose de ser un guardián del sistema que lo había creado. Me mencionó otros prisioneros políticos que ya había reprimido y que continuaba reprimiendo. Sus palabras todavía suenan en mis oídos: “Te voy a desaparecer de La Habana”. Quien dude que ellos tengan el poder en Cuba no conoce la realidad del país. El poder judicial está bajo el control de la Seguridad del Estado, que es quien te acusa, te condena y te envía para donde quiera, incluyendo el cementerio.


El poderoso Mayor de la GESTAPO cubana tenía luz verde para reprimir sin miramientos a los prisioneros político, porque de eso viven ellos. Nadan en las aguas turbias del totalitarismo brutal del comunismo. Nadie los cuestiona. Y el mundo, indiferente al dolor de los cubanos, voltea el rostro para no saber más de lo que deben saber.
Estando en la celda especial de castigo, ubicada en un destacamento para presas infectadas con el virus del SIDA, no recibí la desagradable visita de Alexis. Después de todo ya tenía bastante con los insectos, las ratas, el hambre y el intenso frío que tuve que padecer por casi mes y medio hasta que fuera trasladada como mayor castigo a una provincia lejana. Nunca más supe de su persona, aunque me imagino haya continuado reprimiendo y amenazando a cuanto prisionero político haya encontrado en su camino. Quizás su permanente adicción al alcohol haya terminado con su carrera abusiva y denigrante y ande por alguna calle habanera, perdido entre tragos de “chispa e’ tren” y delirios de persecución.

Sabe Dios si el propio alcoholismo haya provocado en él visiones fantasmales que le recuerdan su floreciente época represiva contra aquellos que decidieron enfrentarse a una dictadura que todavía pisotea al pueblo cubano. Y en su delirio enfermizo, vea los rostros de algún que otro prisionero que murió en la cárcel sin atención médica cuando era él quien decidía por su vida.
Eso, lo confirmaremos cuando volvamos a hallarlo, esta vez ante los tribunales, si es que no fue a encontrarse en el infierno con su incondicional socio de represiones, el tristemente célebre,
Coronel Nelson de Armas.

Posted by Iliana Curra at 7:12 AMVer más

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